Han terminado las fiestas. Las luces se apagan, los adornos vuelven a sus cajas y el calendario, recién estrenado, parece mirarnos con una mezcla de promesa y vacío. Hemos cruzado la línea hacia un nuevo año, pero la pregunta resuena con fuerza: ¿y ahora qué?
Durante semanas todo giró en torno a la celebración, a los reencuentros, a los deseos que se lanzan al aire con la esperanza de que algo cambie. Pero cuando el ruido se apaga y la rutina vuelve a ocupar su lugar, llega ese silencio incómodo que obliga a mirar hacia dentro. ¿Qué queda cuando la magia se disuelve? ¿Qué hacemos con los propósitos que ya empiezan a tambalearse?
¿Y ahora qué? ¿Repetir los errores del pasado, tropezar con las mismas piedras, dejar que la ilusión se desgaste poco a poco hasta desaparecer? ¿O tal vez detenernos un momento, respirar y atrevernos a mirar más allá?
Más allá del cansancio, del miedo, de la costumbre. Más allá de lo que se espera y de lo que se repite cada año. Quizá el verdadero comienzo no esté en el cambio de fecha, sino en la decisión de no rendirse, de seguir buscando sentido incluso cuando parece que todo se detiene.
Porque el “¿y ahora qué?” no tiene por qué ser una pregunta vacía. Puede ser el punto de partida. El impulso para escribir una nueva página, aunque no sepamos todavía cómo continuará la historia.
Puede ser... puede ser una historia que quiere ser contada, puede ser una noticia que se va a dar pronto (como yo haré en breve) y puede ser ese café al cual os invito a tomar.

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